El otoño del rastrojo

 

Hoy he estado un par de ratos en el campo…

Cortos pero intensos.
Los colores se multiplican en las riberas y los caracoles han salido a verlos después de la lluvia con sus ojos elevados.

A finales de verano los rabilargos se juntan en pequeños grupos familiares por los bosques del corredor del Adaja. Según se consolida el otoño, estas familias se agrupan formando bandadas más grandes para pasar juntas el otoño – invierno, veo una ruidosa bandada de 35-40 rabilargos que se mueven por las copas de los pinos.

A un par de kilómetros, un solitario buitre negro descansa en la copa de uno de los pinos más altos situado en lo alto de una duna, iluminada por una luz que promete agua.

Los corzos se muestran nerviosos, los disparos de la media veda les han recordado algunas bajas. Se cruzan y desaparecen deprisa, los machos sin corona, las hembras seguidas de algún corcino, ya tan grande como ella.

El principio del otoño es una época donde aún permanecen algunas aves estivales, pero también van llegando las invernales.

Después, desde el pinar, recorro el norte de la provincia de Ávila desde Arévalo hasta Moraleja de Matacabras y, a pesar del fuerte viento del oeste, junto a las últimas collalbas grises o sisones de la temporada también se pueden ver a los primeros esmerejones, bisbitas pratenses, aguiluchos pálidos…

… milanos reales recién llegados del norte, que revolotean al caer la tarde sobre su dormidero sin decidirse a posarse en la alameda aislada en la llanura…

El campo, enormes rastrojos y grandes parcelas recién aradas, parece desierto pero, poco a poco voy viendo a las cogujadas comunes, ratoneros, calandrias, cernícalos vulgares, estorninos negros y pintos, tórtolas turcas, torcaces, zuritas… todas estas especies se extienden por los rastrojos predominantes en el paisaje, pero a los que poco a poco van ganado terreno las parcelas aradas y recién sembradas.

El aire, fuerte del oeste, levanta el polvo.

El ciclo campesino comienza de nuevo.
A muchos este paisaje otoñal de la Tierra de Arévalo no les gusta… hay gustos para todo.

Echo de menos a la avutarda que no se ha dejado ver, también a las ortegas, a algún pequeño bando de alcaravanes, y a grupos más numerosos de sisones agrupados por decenas en alguna alfalfa. Solo he visto siete, y gracias, el año pasado en este mismo recorrido no vi ninguno.

Tengo que buscar en serio a la ganga ibérica, hace años que no la encuentro.
El declive de algunas especies es muy patente, donde en la década de los 90 se veían 30 ó 40 sisones en esta época del año, ahora no se ve ninguno.

Es curioso, al mismo tiempo que se despuebla el campo, también desaparecen algunas especies…

y no es este fuerte viento del oeste el que se las ha llevado.

En Arévalo, a trece de octubre de 2018.

Luis J. Martín.
http://arevaceos.blogspot.com

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