
Salimos de la primavera y, por fin, la temperatura se eleva en la meseta. Aun así, el campo está atípico; sigue verde, florido y exuberante. Llama a su contemplación y a respirarlo y… ¡yo acudo puntualmente!
En esta ocasión me moveré en moto, Duero arriba, hasta las sorianas Tierras de Gormaz. Una ruta de 400 km que me lleva completa una jornada en la que acabo felizmente exhausto por el calor, los paseos y el pilotaje.
Remontando el Duero
Vamos suavemente remontando; Tudela, Peñafiel… La N-122 es tan odiosa por el tráfico como hermoso es el valle que recorre. Las viñas están esplendorosas y los cereales van dorando. Las cunetas son sinfonías de color rojo, amarillo, violeta y blanco, el ambiente es fresco aún y los suaves aromas que percibo contrastan con el brusco sonido del motor.

Hago un alto en Fuentelisendo, un fotogénico pueblo en el que no encuentro un bar para un café. Tras un paseo arriba y abajo contemplando la tosca arquitectura de sus fuentes y bodegas, retomo de nuevo la ruta tomando el valle del Riaza en Fuentecén. La espectacular vista de Haza, dominante en lo alto de un promontorio, traslada mi mente a los tiempos de la reconquista.
Por carreteras vacías y entretenidas traspaso algunas poblaciones que ahora se encuentran más hundidas en los valles; en Fuentelcésped paro de nuevo pero el calor comienza a apretar.

El embalse de Linares del Arroyo
Elijo desviarme hacia el sureste. Ahora recorro páramos casi pelados que sobrevuelan con elegancia buitres leonados. Tras recorrer un bonito trazado para la moto por una carretera perfecta llego a Las Hazas, una zona de baños en el embalse de Linares del Arroyo, con vistas imponentes de Maderuelo. Me entretengo en hacer algunas fotografías y charlar con algunas bañistas… tiempo cálido, agua y verde; tuvo que ser un día y lugar como este en el que Manet no pudo por menos que pintar su “almuerzo en la hierba”

Linares del Arroyo desapareció por la presa y sus restos afloran en aguas bajas. Sus vecinos, dentro de lo que cabe, tuvieron un cercano acomodo en La Vid.

En Ayllón solamente reposto y observo el Aguisejo que llega animado. Me doy cuenta de lo que me voy perdiendo pero es necesario seguir. El sol está en lo alto y algunas nubes evolucionan en el horizonte.
Yacimiento de Tiermes
Llevo observando en la carretera varios carteles anunciando el sitio arqueológico de Tiermes; no lo conozco y hacia allí me dirijo. En el medio de la nada encuentro una animada venta. Aunque las mujeres que me atienden apenas conocen mi idioma consigo una buena ensalada mixta con un par de “sin” que me recomponen. Mientras, las nubes van ganando cielo.
El lugar está abierto y las visitas guiadas no me cuadran así que doy un paseo en solitario entre las piedras rojas.

En Tiermes lo primero que encuentras es una ermita del siglo XII con una preciosa galería porticada y, subiendo al teso, lo que fue una ciudad —casi rupestre— de los arevacos, sobre la que los romanos hicieron la propia —Termancia— una vez reducidos sus moradores. Esto te cuentan los paneles y no es de extrañar que así fuera pues el lugar es paradisíaco. Desde el cerro se aprecia una hermosa hoz que genera el río Tiermes y al sur la sierra de Pela nos ofrece un bonito perfil. Eso sí, con los ya habituales parques eólicos coronándola, en contraste con viejas tainas dispersas y abandonadas.Durius Aquae

Algunas piedras me recuerdan a las murallas ciclópeas de Micenas. Cuando allí, en Micenas, sus habitantes tallaban su «Puerta de los Leones» ¿qué esculpirían nuestros Arevacos?
Con estas retomo el camino; voy dejando las tierras rojas y me dirijo hacia Gormaz por el Mojón de la Lastra…

Habíamos dejado nuestro viaje en moto remontando el puerto del Mojón de la Lastra entre Recuerda y Retortillo de Soria. La carretera perfecta con un agradable revirado, pero lo mejor era que frecuentemente el cielo se nublaba aliviándome el sofoco de las cuatro de la tarde. Abandonaba las Tierras de Ayllón para entrar en las inmensas anchuras del valle del Duero, en las tierras de Gormaz.

El gran castillo califal
El espectáculo cuando aparece el castillo de Gormaz en el horizonte es sobrecogedor, misterioso, inmenso…Sobre un poderoso cerro se levanta la fortaleza sin que nada a su alrededor sea capaz de darlo sombra. Las tierras ahora son pardas y el río apenas lleva ribera.

Subo hasta el cerro tras refrescarme con una naranja. Paseo entre las tremendas murallas solitarias y evocadoras. Por las aberturas de los muros aparecen dibujados los campos y no es difícil imaginar a cides pertrechados luchando recurrentemente por su posesión hasta que la historia lo dejó lejos de la frontera.
Desde aquí, el cruel Almanzor debió planear algunas de sus aceifas que dejaron a las indefensas aldeas cristianas regadas de sangre y dolor.
¿Cómo es que un individuo de tal catadura tiene dedicado el pico más alto de del Sistema Central ? Quizás la memoria histórica no sea capaz de llegar tan lejos.
Ribera Soriana
Dejo la metafísica y vuelvo a la moto. Emprendo el regreso recorriendo la ribera Soriana: La Rasa, donde visito los selváticos restos del ferrocarril de Valladolid-Ariza; San Esteban de Gormaz con el Duero paseando entre sus calles y Langa de Duero donde el espectáculo lo ponen los caprichos creados por la erosión en sus peñascos. Aquí tomo un café con hielo acompañado de moscas y del eco de cuarentas y órdagos apasionados.

Tomo de nuevo un pequeño tramo de la N-122. Las pelusas de los chopos me quieren engañar; parece que nieva pero el termómetro de bitácora marca aún 29 grados.
Roa, otra villa sobre el Duero
En Aranda me desvío hacia Roa donde me doy el último paseo de la jornada. Hay gente en los bares y terrazas —parece que juega España— pero también la hay por el bonito Paseo del Espolón que se asoma al cantíl sobre el Duero en un atardecer en el que Haza, ahora en el lejano horizonte, resplandece y asombra al mismo busto del cardenal Cisneros que mira con fijeza.

Dicen que los hebreos no mataron a Jesucristo; que fueron los romanos. Tampoco los raudenses mataron a Juan Martín Díaz como alguna leyenda cuenta, sino que fue el Borbón en uno de los hechos más infames de nuestra historia.
Ahora por el viejo puente cruza cansino un rebaño de churras andarinas que llega del polvo y las moscas. Es hora de recogerse —me dice el sudoroso pastor—, los vehículos aguardan con paciencia y el ganado toma la empinada ladera arrebañando cardos y amarillas. Pero un pastor nunca termina y es probable que aún haya que ordeñar.

Regreso por páramos hacia Encinas. El cerro Manvirgo sobresale dominante entre viñedos con rosales. Yo ruedo solitario hasta caer a los valles de Esgueva y Jaramiel, llegar a Tudela y finalizar en Laguna cuando el sol cae entre nubes eléctricas que amenazan tormenta.
Atrás las murallas de Gormaz y, ante mi, una moto llena de mosquitos aplastados.

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