
Dice Edward N. Lorenz, matemático y meteorólogo, que el aleteo de una mariposa puede desatar un huracán al otro lado del mundo. Esto, evidentemente, no es cierto; en realidad, lo que nos dice es que una acción, por pequeña que sea, puede desencadenar grandes consecuencias con el tiempo.
De lo que no me cabe ninguna duda es de que si un estúpido, desquiciado y lunático, y con un inmenso poder, toma una decisión en cualquier lugar del mundo esto reverbera en todas las esquinas; para los ricos en la bolsa de valores, para los pobres en la bolsa de la compra o en el pan suyo de cada dos o tres días.
Confundir el ego con la inmortalidad, lógica provenida de una absurda acumulación de bienes y poder a propósito de la posible envidia del vecindario, viene a vomitarse en osadas decisiones que por unos galones de petróleo acaban con la vida de miles de personas.
Sería injusto señalar a semejante alimaña como el único responsable de tamaña barbaridad. Para disponer de ese poder cuasi sobrenatural, antes ha sido vitoreado y enaltecido por enfervorecidas multitudes que a cambio de unas migajas ponen a su disposición todos los botones rojos, incluso aquellos que acabarán con sus propias vidas.
Para justificar estos crímenes absurdos se encomienda entonces a un dios, solo podría ser un dios cruel, que ampare estas atrocidades; lo que solamente sucede en su inmunda cabeza. Y todo al punto de que algo tan elemental, después de las grandes guerras y los acuerdos para no aniquilarnos a nosotros mismos, como decir “No a la guerra” se convierta en poco menos que una herejía.
Así, bajo el palio de lo divino y de lo humano, el depredador, bienaventurado por haber nacido en la religión verdadera -que diría Gila-, se ve con derecho a jibarizar culturas previa decapitación de miles de niños cuyo único delito es estar jugando a la rayuela en la calle o contando manzanas en el colegio. Se autocomplace en esa liberación de los pueblos oprimidos eliminando a sus ciudadanos. Brutal paradoja.
“Habrá guerra- dice Marley- mientras el color de la piel de un hombre no tenga más importancia que el color de sus ojos”.
Se deshojan los días en la incertidumbre que engendran estos monstruos, seres sin entendimiento ni conciencia, sin escrúpulos ni moralidad, capaces de hacer depender la vida de otros de su mal sueño o de una infortunada partida de póker; la vida de inocentes que se desayunan mirando al cielo, y mirando al cielo se van a no dormir por miedo a no despertar.
Fanáticos luchando, dicen, contra el fanatismo.
Los hijos de los otros, los que no llevan su sangre ni sus apellidos, son los que van al frente a desangrarse; no ellos ni sus hijos. Caminan despacio o surcan el cielo con aeronaves último modelo, invisibles a los ojos del “enemigo” y desde las que la imagen se ve lo suficientemente distorsionada para no tener dolor de conciencia. Otros, los menos, avanzan campo a través pertrechados con un M7 debidamente bendecido por el prelado de guardia. Con esa venda de la religión tienen patente de corso para matar sin resquemor. ¡Quién mejor que un dios para enviarnos a una guerra santa, o profana!
Maldita sea la guerra,
malditos sus secuaces,
malditas las voraces
gargantas de esta tierra
que se nutren de vidas.
Malditos los fusiles,
los aceros hostiles;
malditas las heridas
que desangran el mundo.
Malditos los combates;
trincheras donde lates,
corazón moribundo.
Javier S. Sánchez
Escritor