
El pasado día 27 de mayo, León XIV y Pedro Sánchez se encontraron en el Vaticano. Considerando el vértigo que venimos sufriendo a causa de la urgencia con que se suceden las noticias y las verdades en el mundo, convendría saber si existe algún vínculo al que pudieran acogerse líderes tan dispares a los ojos de legos y españoles de bien.
Hay términos que, por razones que desconocemos, retumban con recelo en algunos ámbitos; y nos cuesta entender esa aversión hacia ellos cuando en sus acepciones no recogen significado negativo alguno. Quizás los tiempos y sus extraños virtuosismos han venido a dotarlos de esa pátina de negatividad que arrastran. En algunos ámbitos, insisto.
La palabra “social” viene ocupando, históricamente, uno de los conceptos más poderosos dentro de la política y de la religión. Aunque pertenecen a esferas distintas, el Papa León XIV y el presidente español Pedro Sánchez confluyen, sin duda, en torno al discurso de lo social: la construcción de una sociedad más justa, equilibrada y centrada en las personas.
En la tradición de la Iglesia, el pensamiento social ha ocupado un lugar fundamental desde finales del siglo XIX. Las encíclicas sociales defendieron la dignidad del trabajo, la protección de los más vulnerables y la necesidad de combatir la desigualdad.
En otra columna ya aludimos a que el nombre del Papa no es casualidad, sino que evoca inevitablemente el legado de León XIII, considerado uno de los padres de la doctrina social moderna de la Iglesia. Un legado que apuesta por una sociedad donde economía y ética caminen juntas. Basta con leer su Rerum novarum.
Por otro lado, Pedro Sánchez ha construido gran parte de su discurso político alrededor de políticas sociales vinculadas al fortalecimiento del Estado del bienestar. Medidas relacionadas con el empleo, la vivienda, las pensiones o la protección social marcan su etapa al frente del Gobierno de España. Para sus defensores, estas iniciativas representan una apuesta por la cohesión social; para sus críticos, todo se reduce a la nada y, además, genera polarización.
Tanto la visión social cristiana como la socialdemócrata coinciden en que la sociedad no puede limitarse únicamente al crecimiento económico, sino que debe garantizar la dignidad humana y la solidaridad colectiva. Y aquí es cuando analizamos el papel de las instituciones frente a los desafíos contemporáneos: pobreza, exclusión, migración, envejecimiento de la población y acceso desigual a las oportunidades.
Además, la dimensión social ha adquirido una nueva relevancia en un mundo marcado por la incertidumbre tecnológica y climática, temas de los que hablará el Papa en su próxima visita. La automatización del empleo, el aumento del coste de vida y la fragmentación social obligan a gobiernos y líderes morales a replantear el significado de comunidad. En ese escenario, tanto una figura espiritual como León XIV como un dirigente político como Pedro Sánchez podrían coincidir en la necesidad de reforzar la protección de las personas más vulnerables.
La palabra “social”, entiendo, funciona como un puente simbólico entre ambos mundos. Representa la preocupación por el ser humano dentro de estructuras complejas de poder, economía y cultura. Ya sea desde la fe o desde la política, el desafío continúa siendo el mismo: construir una sociedad más humana y menos desigual.
El próximo día 8, el Pontífice recibirá en la Nunciatura al Presidente del Gobierno de España para, después, dirigirse en el Congreso a diputados y senadores. Será un hito histórico en el que, sin duda, asomarán las preocupaciones que León XIV manifiesta en su encíclica Magnifica Humanitas.
Javier S. Sánchez
Escritor