
Y no fueron más porque vos, Santidad, tuvisteis a bien abandonar el Congreso de los Diputados; de otro modo, es posible que sus señorías aún siguieran dando palmas como si no hubiera eternidad. Siete minutos de aplausos tras un discurso que califican de histórico y que, posiblemente, no haya un solo diputado o senador que lo suscriba en su conjunto.
Agradecemos su buena intención de hacer llegar el mensaje del Evangelio al Parlamento de un país aconfesional donde, al fin y al cabo, son sus señorías quienes aprueban no pocas leyes que no comulgan con las palabras de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Así las cosas, cuesta entender semejante ovación a un mensaje, el del amor, que, habiendo cumplido sobradamente dos mil años, aún está lejos de plasmarse en los distintos BOE que en el mundo son. «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recibisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a mí» (Mt 25).
Desde este improvisado confesonario, le confío que apenas unos días han bastado para ratificar que sus palabras han caído en saco roto. No ya porque, como imaginábamos, iba a ser complicado retocar el fondo; es que ni siquiera las formas han mudado más allá del respeto que le mostraron durante su prédica. Y no es poca cosa asistir a semejante prodigio: que alguien hable en tan excelsa sala y los escuchantes hagan su tarea. Cosa de milagro.
Algunos no fueron a verle, sino a que los viera Su Santidad. Así han salido a los medios a pregonar sus segundos de gloria; de la otra, ya me entiende. ¡Cómo se aferraban a sus manos, cómo le importunaban con “egodiscursos” esperando una palabra de sus labios, no para meditarla en su interior, sino para alimentar su narcisismo, el de ellos! Porque usted no los ve, pero vociferan como verduleros maleducados, insultan, desprecian, intentan humillar y golpean el mobiliario de las cámaras como si fuera nuestro, de todos los españoles. Ingenuo, llegué a pensar que su paso, de usted, por tan magna aula acaso cambiaría siquiera sus modales, de ellos. En esta Castilla nuestra tenemos dichos para todo: «Quien nace lechón, muere cochino».
Aún no había tomado tierra su avión en Fiumicino cuando, ¡vuelta la burra al trigo!, las redes —no aquellas del «Yo os haré pescadores de hombres» (Mt 4)— tornaron a su particular fumata negra: que si Barcelona se vendió mejor, que si la prioridad nacional, que si los jueces, que si los menas, que si el Falcon. Ya sabe: «Predicar en el desierto y machacar el hierro frío, todo es trabajo “perdío”».
Ha despertado su viaje a una caterva de expertos que, ¡Dios los guarde!, nos han resuelto no pocas dudas. Vulcanólogos, danólogos, trenólogos y epidemiólogos por ciencia infusa, han devenido por esa misma ciencia en versados teólogos y hermeneutas. Gracias a ellos hemos entendido el «six-seven» o que Gaudí murió atropellado por un tranvía. Y ya. Su mensaje, de usted, volverá a templos y catequesis; también a las escuelas —esto sí que nos lo tiene que explicar—, y los políticos seguirán «guardando banco», que se dice por aquí, y retratándose a pie de los presbiterios. Que, escuchando su mensaje, el de usted y el de ellos, uno entiende mejor lo de «retratarse».
El tono moderado de su discurso, Santidad, puede confundir hasta el punto de que parezca lo que no es cuando, en realidad, es lo que parece. Quizá otras citas, como aquello de las pajas y las vigas, los sepulcros blanqueados o «Mi casa es casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones» (Mt 21), hubieran reducido notablemente esa larga ovación. O tampoco. Aunque sí nos ofreció un aforismo para recuperar las asignaturas pendientes estas vacaciones: «Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano». No es poca cosa si un día lo entendemos y lo ponemos en práctica. Mientras tanto, en su generosidad, permítame la chanza: «Al César lo que es del César y adiós, ¡buen viaje!».
Javier S. Sánchez
Escritor