
Cuando el hombre primitivo inventó el hacha de sílex se generó una gran confusión entre los clanes que en el mundo eran; y sucedió lo mismo con el fuego, con la rueda y con la rueca. ¿Cómo gestionar estas novedades con sus hijos e hijas, considerando el peligro que suponía para ellos su acercamiento a semejantes utensilios? Tenían varias opciones: prohibirles el acceso a ellos, permitirles su manipulación durante un tiempo determinado cada día o abandonarles a su suerte asumiendo riesgos.
Pero el hombre primitivo era listo, y además inteligente. Optó por lo más cuerdo: formar a sus vástagos en el uso y disfrute de cada hallazgo o creación con la conveniente prevención de riesgos y el seguro de la cueva al día. Pasando el tiempo, sabemos qué hacer en cuestiones tan espinosas: ubicamos los cuchillos fuera de su alcance, encerramos el amoníaco bajo llave y ponemos protectores a los enchufes. Esto es, solamente durante el tiempo suficiente hasta que aprende a manipular sin hacerse daño. Porque le hemos enseñado, le hemos formado, le hemos educado.
Cuando Gutenberg inventó la imprenta había que cerciorarse de que los menores no tuvieran acceso a según qué textos; y lo mismo cuando las plazas francesas se llenaron de guillotinas.
Los tiempos, que según Tomás Bretón “avanzan que es una barbaridad” (La verbena de la Paloma) nos ponen frente al espejo con nuevos retos. Antes de ayer fue la televisión, ayer el patinete y desde que estrenamos el siglo los móviles de, siempre, última generación.
Como lo de la educación es cosa de los maestros, lo nuestro es ponérselo difícil. Y así, en cuanto la criatura hace la primera comunión, ¡qué tendrá que ver una cosa con otra!, le regalamos un teléfono móvil porque saca buenas notas, porque todos lo tienen, porque patatas. No le regalamos una granada de mano ni un frasco de ácido sulfúrico. Y tampoco le instruimos en el uso de su teléfono; ya sabe él. No, no sabe; quien sabe es el ingeniero que le pone los botones de colorines justo donde va a poner los ojos. Y los dedos.
Y como la familia no hace su tarea; y como los adultos no reaccionamos sino ante las leyes y las multas, pues estamos esperando a que el parlamento legisle y así tener una excusa para reaccionar. Sucedió con el tabaco, con el límite de velocidad y va a pasar con los móviles.
El hacha de sílex no es peligroso en las manos adecuadas ni la lejía es dañina si se utiliza para los suelos. El móvil, queridos padres y estimados profesores, es una herramienta muy útil en los tiempos que corren; el cuchillo es bueno si se usa para cortar jamón serrano y las bicicletas no son para el invierno.
Por tanto, o dedicamos más recursos a la educación y más horas de sofá y cosquillas a los que vienen o esperamos a que papá Estado resuelva nuestras carencias. Porque lo de madrugadores, comedores y trasnochadores no es una buena idea; porque utilizar a los abuelos de aparcaniños el fin de semana es una doble aberración y porque, seguramente, mientras todo esto sucede a velocidad de vértigo, en lugar de dedicarles tiempo, nosotros también estamos enredando con el móvil.
Javier S. Sánchez
Escritor