
En los tiempos recientes hemos venido ubicando nuestros recuerdos con unas siglas nuevas: a. p. (antes de la pandemia) y d. p. (después de la pandemia). Cuando, tras el sufrido paso por el desierto, salíamos de aquella penumbra como de un túnel amargo, nos preguntábamos qué ser humano encontraríamos a la salida; si realmente la evolución seguiría su curso o si aquel maldito veneno habría alterado nuestra consciencia y nuestra conciencia.
Y sí, apenas se vislumbró el aire fresco de las calles, el bullicio de los niños llenó de nuevo las escuelas, los mercados volvieron a su ley de la oferta y la demanda y todas las demoscopias apuntaban a una mutación en el ADN del mundo. La espiral que contiene y transfiere nuestra información genética había sufrido una transformación severa que afectaba, mayormente, al comportamiento del Homo sapiens, mientras que los otros seres, adjetivados como irracionales, seguían la teoría machadiana de «continuar de su corazón a sus asuntos», viviendo en armonía y sin procurar el mal ajeno, atacando solamente en defensa propia y siguiendo las leyes de la naturaleza.
El mundo se dividió, como en un «hachazo invisible y homicida», que diría Miguel, en buenos y malos. Los buenos siempre somos nosotros y los malos son siempre los demás. Y apenas queda un pequeño margen para el error, mucho menos para el arrepentimiento. El silencio de aquellos largos años había inoculado en los cerebros algo más grave que el virus: el odio. Y el origen, así lo hemos ido comprobando, está en la ideología; ni siquiera en las creencias, que tantas guerras han provocado y aún siguen provocando.
En otra época, la religión fue el opio del pueblo —Karl Marx dixit—, como si se tratara de un vulgar analgésico que mitigara el dolor y ofreciera un ilusorio paraíso a los oprimidos por el capital.
Más tarde, el fútbol, elemento catártico, tomó el relevo: un espacio donde verter filias y fobias con la aquiescencia de reglamentos y otras leyes menores. Pero también perdió fuelle cuando las camisetas comenzaron a poblarse de marcas y peculios.
El nuevo opio, el que genera tanto odio, tanta discordia y tanto rencor, es la política. Parece que interesa esta polarización, que debe de haber nacido por generación espontánea, pues nadie asume ni su paternidad ni la manutención de los medios que la alientan.
Las sesiones en el Congreso y en el Senado no son diálogos constructivos, sino reyertas más propias de un barrio de la periferia de la mente humana. Y eso, como un simple plagio, se ha trasladado a la calle.
Ya no se pasea, como los peripatéticos, en busca de la verdad o, simplemente, como esparcimiento del cuerpo y del alma. Se busca, conscientemente, la lucha encarnizada, defendiendo yo qué sé qué, como si la vida dependiera más de apoyar una indecencia que de buscar el bien común; ya saben, la polis griega. Así, el personal está más pendiente de tener razón que de tener salud. Los terapeutas no damos abasto.
Las armas son las mismas que esgrimen esos supuestos líderes: la mentira, el odio, el gesto ridículo, el insulto. Ni un argumento, ni una evidencia.
Así sucede que muchos de esos seres racionales odian a personas concretas, pero no saben por qué; tal vez porque, como un martillo pilón, alguien les recuerda cada día que tienen que hacerlo. Diálogos de sordos que evidencian el analfabetismo funcional —ya lo advierte Saramago—, que avanza como un ejército de termitas, arrasando cuanto encuentra a su paso sin un libro que llevarse a la cabeza.
Hay personas que creen más por miedo que por convicción. Ese miedo, conociendo su eficacia, está siendo aprovechado por los mayorales, lo que provoca que el pueblo esté enfrascado en discusiones bizantinas que no conducen a parte alguna, pero que son necesarias para que el poder siga habitando en los mismos cortijos desde que vivimos —o eso creemos— en democracia.
Javier S. Sánchez
Escritor