
Hubo un tiempo, Alta Edad Media, en que ser Papa era un verdadero chollo; gobernaba los Estados Pontificios con absoluto absolutismo y, a mayores, ejercía el nepotismo con absoluta naturalidad. Ahí están Alejandro VI – Borgia – o Sixto IV que si de algo dieron ejemplo no fue de austeridad. Mucho antes, Inocencio III ya se había adjudicado, plenitudo potestatis (plenitud de poder), la autoridad sobre los reyes europeos. Todo correcto. Absolutamente.
Como quiera que ahí está el evangelio y a pesar de estos pequeños pecados, la iglesia, como el agua que siempre vuelve a su cauce, dejará de ser una institución feudal y poderosa para poner su atención en los humildes y menesterosos.
Vaticano II mediante, el papado actual se mueve en unas maneras más evangélicas atendiendo a la realidad mundial y más próximo al rebaño que aquellos monarcas religiosos. A tal fin, Juan Pablo II, “te quiere todo el mundo”, se mostró viajero y cercano, y Francisco predicó con ejemplo un estilo austero y ese acercamiento a la “periferia” que ha marcado el camino a León XIV.
Es de entender que lo que en tiempos fuera un privilegio ahora no es sino una pesada carga. Cuando la fumata blanca anuncia un nuevo pontífice, este inicia un riguroso protocolo que comienza con un breve retiro en un recinto contiguo a la Capilla Sixtina conocido como la “capilla de las lágrimas”. Allí elige una sotana blanca de su talla, se coloca la estola, la cruz pectoral y los zapatos frente a un crucifijo y una imagen de la Virgen. Abrumado por la tensión del momento, el Papa llora y se desahoga ante la responsabilidad que asume. Es, sin duda, un signo de humildad.
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A lo que iba. En fecha tan señalada como esta de resaca electoral jamás he visto a un político agobiado, abrumado, angustiado ni apenado por la responsabilidad que asume; tampoco apesadumbrado ni abatido por el cargo que le ha sido encomendado. Bien al contrario, su imagen se muestra eufórica e impetuosa en un balcón donde es aclamado por la multitud. Ni un pequeño gesto de desasosiego, de turbación o congoja. Nada. Y no es poca cosa ser alcalde, presidente de comunidad autónoma o de gobierno. ¿Por qué, entonces, no sienten esa desazón que sí que experimenta el pontífice? Es sencillo, el político acude a su trono con un sueldo no menor, con unos privilegios que para sí quisieran algunos papas medievales, un estatus que en nada encarna la sobriedad del pueblo al que representa: vehículo, chófer, escoltas, dietas, derecho a una segunda vivienda, asesores varios, teléfono y portátil de última generación, y un sinfín de bulas y dispensas a cuenta del contribuyente. Y también un aforamiento que obstruye su paso por los tribunales ordinarios.
No existe una capilla de las lágrimas en el espacio que recorre hasta el balcón de los laureles porque el político no llora ante tamaña responsabilidad, no se siente constreñido por esa obligación que le imponen las urnas previo y voluntario postulantado. Lloraría, entiendo, si sus cuatro años de poder significaran dedicar día y noche a mejorar la vida de los ciudadanos. En campaña, ¡ahí sí!, sin horario ni calendario ha visitado escuelas, fabricas y minifundios, y se ha desgañitado pregonando innumerables promesas que sabe que no va a cumplir, algunas pasan de programa a programa cada vez que hay elecciones. Lloraría si de cuando en vez se remangara en la soledad de su despacho de ocho de la mañana a las once de la noche buscando soluciones a la despoblación, a las listas de espera, al empleo, a la educación, a los mayores,… Entonces, ante esa enorme responsabilidad asumida, tras una jornada laboriosa y lamentándose muchos días por no haber acertado con la clave de la bóveda, entonces sí que lloraría. Entonces sí.
Javier S. Sánchez
Escritor