El vallisoletano Diego Olivar con ‘Pon freno a tus pensamientos’, se coloca en lado «incorrecto» para analizar el bienestar contemporáneo

En un momento histórico marcado por el auge del discurso de la felicidad obligatoria, la autoexigencia permanente y la sobreexposición emocional en redes sociales, Diego Olivar publica Pon freno a tus pensamientos. Cómo liberarte de las 7 ideas que te amargan la vida –publicado en la editorial Kitaeru, del Grupo Anaya, prologado por Eduardo Infante -, un ensayo que combina experiencia personal, reflexión filosófica y herramientas prácticas para cuestionar algunas de las ideas más repetidas y menos pensadas de nuestra cultura contemporánea.

Lejos de ofrecer recetas rápidas o eslóganes motivacionales, Olivar plantea una tesis incómoda: muchas de las frases que interiorizamos desde la infancia, aparentemente positivas e inspiradoras, pueden convertirse en fuentes de angustia cuando se transforman en mandatos incuestionables.

 

El primer gran mito que el autor cuestiona es el de la felicidad entendida como obligación moral. En una sociedad que mide el éxito emocional con métricas visibles, desde la productividad hasta los “likes”, Olivar sostiene que la presión por “ser feliz” de forma constante está generando frustración, culpa y sensación de fracaso.

 

El libro propone diferenciar entre “estar feliz” (un estado pasajero condicionado por circunstancias externas) y “ser feliz” como posicionamiento vital más profundo, vinculado a la responsabilidad personal y a la gestión consciente de los propios pensamientos. En este giro conceptual reside una de las claves centrales de la obra: no se trata de eliminar las emociones incómodas, sino de aprender a relacionarnos con ellas sin convertirlas en prueba de que estamos haciendo algo mal.

 

  • El autor propone una crítica valiente a las frases que nos han enseñado a repetir –“ser feliz es lo más importante”, “querer es poder” o “encuentra tu propósito”– y que, según defiende, pueden convertirse en auténticos “okupas mentales”

 

 

La obra nace de una experiencia íntima: una crisis que el propio autor describe con crudeza y honestidad. A pesar de tener lo que socialmente se considera una “vida lograda” –estabilidad laboral, familia, metas cumplidas–, Olivar relata cómo la presión por alcanzar un ideal permanente de bienestar terminó generándole una profunda fractura interior.

 

Esa vivencia se convierte en el punto de partida para explorar la relación entre pensamiento y emoción. El autor recurre a la metáfora de los “okupas mentales” para explicar cómo determinadas ideas, asumidas sin cuestionamiento, pueden instalarse en la mente y condicionar nuestra percepción de la realidad. El problema, sostiene, no es lo que nos ocurre, sino la narrativa interna con la que lo interpretamos.

 

Pon freno a tus pensamientosno es un alegato contra la felicidad, sino contra su absolutización. En un contexto mediático saturado de mensajes de superación constante, el libro reivindica algo aparentemente sencillo pero radical: bajar las expectativas infladas y asumir la responsabilidad de cómo pensamos.

 

Algunos datos sobre el autor del libro

Diego Olivar Aldudo, (Valladolid, 1984), es diplomado en Magisterio, licenciado en Ciencias de la Actividad Física y graduado en Magisterio de Inglés.
 
Tras haber recorrido todas las etapas educativas, como docente, es ahora director de la escuela primaria CEIP Pedro Gómez Bosque, en Valladolid, centro reconocido por su trabajo en el área de la educación emocional.
 
Aparte es socio de la Academia ENE Oposiciones de Castilla y León y organiza el Congreso Mentes Docentes, un espacio de encuentro para compartir, crecer y repensar la educación.
 
Es padre de Guiomar y Jaime, a quienes intenta transmitir que aprender a vivir, en gran medida, es también aprender a pensar.
 
A continuación, se publica la entrevista dada por Olivar sobre el contenido de su libro:
 
 

En el libro planteas que muchas de las frases que nos han repetido como verdades incuestionables —“ser feliz es lo más importante”, “querer es poder”, “encuentra tu propósito”— funcionan como “okupas mentales”. ¿Cuál es la tesis central que sostiene sobre estas ideas y por qué consideras que, lejos de ayudarnos, pueden convertirse en fuentes de sufrimiento?
 
La tesis central de Pon freno a tus pensamientos es que muchas de las ideas que asumimos como “normales” no son inocentes: son construcciones culturales que interiorizamos sin cuestionarlas y que terminan gobernando nuestra vida psicológica.
 
Frases como “ser feliz es lo más importante”, “querer es poder” o “encuentra tu propósito” se convierten en tatuajes mentales. No las elegimos: las heredamos. Y el
problema no es la frase en sí, sino el mandato que implican. No orientan, exigen. No acompañan, juzgan. No describen la realidad, la imponen y eso nos hace sufrir.
 
Cuando esas consignas no se cumplen —porque la vida no siempre es feliz, porque querer no siempre basta, porque no todo el mundo vive con una épica permanente— la conclusión suele ser devastadora: “el problema soy yo”. Ahí nace el sufrimiento. No por lo que ocurre, sino por la distancia entre lo que ocurre y lo que “debería” ocurrir según el guion social.
 
Mi planteamiento es claro: si un pensamiento te exige una realidad que no existe, no es una herramienta, es un ocupante. Y cualquier pensamiento que no mejora tu vida, merece ser cuestionado.
 
 
En el primer capítulo desmontas el mito contemporáneo de la felicidad y su conversión en deber moral. En un contexto mediático obsesionado con el bienestar y el rendimiento emocional, ¿qué riesgos ves en haber transformado la felicidad en mandato social y qué alternativa propones?
 
Los datos son evidentes: nunca hemos tenido más discursos sobre bienestar y nunca hemos estado tan insatisfechos. Algo falla.
 
El riesgo principal de convertir la felicidad en un deber moral es que transforma una emoción en una obligación. Ya no es algo que ocurre; es algo que “debería” ocurrir. Y cuando no ocurre, aparece la culpa.
 
Además, ¿qué significa exactamente “ser feliz”? ¿Es una emoción permanente? ¿Una promesa? ¿Un estado continuo de euforia? Hemos convertido la felicidad en un producto aspiracional, apropiado por la cultura del rendimiento emocional. Desde que nacemos se nos dice que lo más importante es ser felices, pero nadie nos explica cómo, ni qué es exactamente eso.
 
La alternativa que propongo no es renunciar a la felicidad. Es renunciar a la exigencia de dedicar nuestra vida a perseguir un destino difuso. No se trata de llegar a un sitio que no sabemos describir. Se trata de aprender a pensar mejor para vivir mejor.
 
Cuando eliminamos la obligación de “tener que ser felices”, paradójicamente, empezamos a estar más en paz y a vivir en verdadero bienestar.
 
 
A lo largo del libro insistes en que no somos nuestros pensamientos y que la clave está en aprender a gobernarlos. ¿Cuál es el principal cambio de paradigma que propones respecto a la relación entre pensamiento, emoción y responsabilidad personal?
 
Propongo un cambio radical de posición: dejar de ser súbditos de nuestros pensamientos para convertirnos en los gobernantes de nuestro propio sistema mental.
 
Nuestra mente funciona como un sistema de gobierno interno. Surgen pensamientos de manera automática, constante, incluso invasiva. Pero hay una diferencia clave: aunque no podemos elegir qué pensamiento aparece, sí podemos decidir cuál legitimamos. En ese sistema solo hay un votante. Y ese votante eres tú.
 
No somos nuestros pensamientos. Son propuestas. Hipótesis. Narrativas que se activan ante lo que ocurre. Algunos son cantos de sirena: seductores, dramáticos, exagerados.
 
Un pensamiento negativo es solo una semilla; convertirlo en identidad es una decisión. Y cuando sostenemos un pensamiento que nos daña, no podemos delegar la responsabilidad en las circunstancias. Lo que sentimos puede no depender totalmente de nosotros; lo que hacemos con lo que sentimos, sí.
 
Aquí entra el verdadero cambio de paradigma en la relación entre pensamiento y emoción.
 
Las emociones tienen un ciclo biológico limitado. Duran lo que duran. Son respuestas fisiológicas que, si no las alimentamos, se regulan. El problema es que rara vez
dejamos que ese ciclo se complete. Lo que convierte una emoción puntual en sufrimiento prolongado no es la emoción en sí, sino lo que pensamos sobre ella.
 
En mi caso lo viví con claridad. Hubo momentos en los que no sufría solo por lo que sentía, sino por lo que pensaba acerca de lo que sentía.
 
Cuando empezamos a pensar qué emoción deberíamos tener en cada momento, estamos intentando controlar la vida. Y la vida no funciona así.
 
Las emociones se sienten; no se gestionan desde la teoría. En el momento en que empezamos a intelectualizarlas, a evaluarlas, a medir si son correctas o incorrectas, añadimos una capa artificial de sufrimiento.
 
Un pensamiento puede provocar efectos físicos reales —aceleración cardíaca, tensión muscular, inquietud—, pero eso no lo convierte en verdad. El cuerpo reacciona
a la interpretación, no necesariamente a la realidad objetiva. Y confundir intensidad con veracidad es uno de los errores más frecuentes.
 
Por eso insisto tanto: la emoción es una experiencia; el sufrimiento es una construcción. La emoción pasa. Lo que la hace interminable es la narrativa que la acompaña.
 
Y es que el mayor acto de autoestima no es repetirse frases positivas ni forzarse a “pensar bonito”. Es aprender a discernir. Decidir qué pensamientos merecen tu atención y cuáles no. Entender que sentir ansiedad no es un fracaso, que estar cansado no es una incompetencia, que no estar eufórico no significa que tu vida esté mal.
 
Gobernar la mente no es eliminar pensamientos incómodos. Es no darles un poder que no tienen. Ahí reside el verdadero ejercicio de libertad personal: en comprender que no todo lo que pensamos es cierto, y que no todo lo que sentimos necesita ser corregido.
 
 
Tu experiencia personal atraviesa el libro como punto de inflexión. Mirándolo desde hoy, ¿qué descubriste sobre el papel de las expectativas (propias y sociales) en ese periodo?
 
Descubrí algo fundamental: Cuando las expectativas crecen sin límite, ningún resultado es suficiente.
 
Vivimos en una cultura comparativa permanente. Las redes sociales amplifican la sensación de que siempre hay alguien más exitoso, más feliz, más productivo. Así,
el listón nunca se estabiliza. Nada parece suficiente.
 
Las expectativas actuales no describen la realidad; la distorsionan. Marcan si un momento es válido o no. Y cuando todo se mide frente a un ideal inflado, incluso los
logros pierden valor.
 
En mi punto de inflexión entendí que no era mi vida la que estaba mal, sino el estándar con el que la estaba evaluando y las expectativas marcadas y cuando las expectativas fallan la cuenta es difícil que salga.
 
 
Propones diferenciar entre “estar feliz” y “ser feliz”, desplazando el foco del estado emocional al posicionamiento vital. ¿Cómo resumirías tu propuesta de fondo sobre qué significa vivir bien sin convertir la felicidad en una exigencia constante?
 
“Estar feliz” es un estado emocional. “Ser feliz”, tal como lo plantea la cultura contemporánea, se ha convertido en una identidad obligatoria.
 
Mi propuesta es desplazar el foco del estado emocional al posicionamiento mental. Para vivir bien hay que aprender a pensar. Pocas habilidades son más importantes.
 
Las circunstancias, muchas veces, son las mismas. Lo que cambia es el pensamiento que aplicamos sobre ellas. Dos personas pueden vivir situaciones similares y experimentarlas de forma radicalmente distinta. No por magia, sino por interpretación.
 
Vivir bien no es eliminar emociones incómodas. Es no añadir sufrimiento innecesario a través de pensamientos automáticos que no cuestionamos y seguimos hasta adentrarnos en sus arenas movedizas.
 
No se trata de estar siempre arriba. Se trata de saber gobernarse cuando uno está abajo.
 
 
Finalmente, si tuvieras que sintetizar el mensaje global del libro en una idea para el lector actual (que vive hiperexpuesto a discursos de autoayuda, redes sociales y comparaciones permanentes), ¿cuál sería esa idea fuerza que articula las siete “okupaciones”que analiza? 
 
Pocas cosas considero más importantes que aprender a pensar. Este libro no vende ilusiones ni fórmulas mágicas. Ofrece herramientas mentales para aprender a vivir mejor.
 
Escribí lo que me hubiese gustado aprender cuando estaba mal. No promete una vida perfecta. Propone algo más realista y más potente: aprender a pensar para aprender a vivir.
 
En una época hiperexpuesta a discursos de autoayuda, comparaciones constantes y exigencias imposibles, la idea fuerza es simple pero transformadora: No todo pensamiento merece tu obediencia.
 
Las siete “okupas” que analizo tienen algo en común: se instalan sin permiso y gobiernan sin oposición.
 
Mi invitación es recuperar el Gobierno de nuestra mente. Recuperar el criterio. Recuperar la responsabilidad.

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