Habitantes de la noche (I)

Comienza a oscurecer. La blanca silueta de una lechuza que cruza el trozo de cielo que se ve desde mi ventana me recuerda que el estudio de campo se ha quedado un poco cojo en cuanto a aves nocturnas y crepusculares se refiere. No me gusta dejar trabajo sin hacer. Así que cojo el radiocasete, la cinta con los cantos de aves nocturnas una linterna y carretera y manta. Me acompaña Ana, la he contado como lo he hecho en otras ocasiones y tiene curiosidad por ver y oír a esos habitantes de la noche que generalmente pasan desapercibidos.

 

Cogemos el camino del Lavajuelo. Algo más de media luna en cuarto creciente es toda la iluminación natural que recibimos. Apago las luces del coche, el motor y pongo el reclamo del búho campestre, parecido al búho chico pero de hábitos terrestres ya que anida directamente sobre el suelo. A nuestro alrededor campos de cultivo. Espero cinco minutos pero nada. Cuando ya estoy recogiendo, una silueta silenciosa nos sobrevuela y se posa en un montón de alpacas. Es un mochuelo de redondeada cabeza, gran consumidor de insectos y pequeños roedores. Se lo enseño a Ana, susurrando. Al principio no lo ve, pero imito su reclamo y empieza a volar por encima de nuestras cabezas. Me contesta otro mochuelo desde la lejanía y hacia allí se encamina nuestro sorprendido visitante.

 

Bueno, ha empezado bien la noche. Apunto los datos a la luz de la linterna y proseguimos viaje. En un trecho muy corto se nos cruzan cuatro liebres, alguna se queda parada en el camino mirando hacia los focos del coche. Tengo que aminorar para no atropellarla.

 

Giro hacia la izquierda y me adentro en un pinar isla. Aquí la sensación de oscuridad es mayor pues la escasa luz que refleja la luna queda tamizada por las ramas de los árboles. Repito la operación pero esta vez pongo el reclamo del búho chico, una rapaz nocturna de mediano tamaño con un par de penachos de plumas que parecen orejas, especializada en cazar pequeños roedores. En esta ocasión no hace falta esperar tanto para notar su presencia. Primero nos contesta un individuo, luego otro y otro. Insisto con la grabación. Pronto empiezan a sobrevolarnos varios, cuento siete, pero seguramente habrá alguno más pues la visión con tan escasa luz es bastante deficiente. Uno de los búhos parece algo más enfadado, emite el reclamo territorial y el palmoteo característico, producido al entrechocar las alas en vuelo, lo que provoca un sonido hueco con el que los búhos chicos intentan ahuyentar al intruso. La verdad es que en la oscuridad de la noche impresionan tantos búhos volando sobre nuestras cabezas. Así me lo hace saber Ana cuando se acerca un poco más a mí.


Nuevamente, anoto los datos y continuamos la marcha. Ahora nos encaminamos hacia el río Arevalillo. En la zona de contacto entre el río y el pinar, una sombra achaparrada cruza el camino y se pierde por el bosque, es un tejón que ha empezado su jornada de campeo. Un poco más adelante paramos, nos apeamos del coche y, bajo un gran pino que se abre a la ribera izquierda del río, imito el reclamo lastimero del cárabo, no me hace falta reproducirlo en el radiocasete pues me sale bastante bien. Tras diez minutos de espera, no hay resultados. Ana se ríe de mí: “Nada, no te quieren los cárabos. A ver si no los imitas tan bien como te crees”.

 

Cambiamos de camino y de ribera, cogemos uno que serpea por el margen derecho del Arevalillo entre viejos pinos resineros que parecen gigantes con los brazos abiertos. Vuelvo a repetir la operación, incluso Ana se anima a hacer la imitación. A los tres o cuatro minutos contestan dos cárabos desde dos puntos diferentes. En el silencio de la noche el ululato impresiona. Uno de ellos se acerca, nos sobrevuela y se posa en un pino cercano, se ha quedado mirando al coche dándonos la espalda. Imito nuevamente el reclamo y el cárabo nos mira fijamente girando la cabeza 180 grados. Insisto con la imitación, la rapaz levanta el vuelo, pasa muy cerca de nuestras cabezas, silencioso, sin hacer ruido alguno al aletear y desaparece en la oscuridad. Ana me confiesa que asusta un poco la visión tan cercana del cárabo en su ambiente, la noche.

 

Ahora nos dirigimos al Adaja. La sombra de la ribera en la oscuridad se asemeja a una serpiente gigantesca, no se aprecian los colores del otoño. Cerca de una zona escarpada imito nuevamente el reclamo del cárabo pero, nada, no hay suerte. Insisto. A los diez minutos Ana me dice susurrando que se está quedando helada, que lo deje ya. Pero justo en ese momento se oye el profundo reclamo de un búho real. Le contesto. El búho contesta nuevamente, incluso se oye otro algo más lejano. Tanto insisto en la provocación que le hago acercar. Una gran silueta oscura y silenciosa sobrevuela la zona para intentar descubrir al intruso que se ha atrevido a invadir su territorio.
El gran búho real por encima de nuestras cabezas, esto sí que impresiona en la oscuridad de la noche.

Arévalo, a tres de octubre de 2015
Luis José Martín García-Sancho.

https://arevaceos.blogspot.com/

Publicado en el número 77 de La Llanura de Arévalo, en octubre de 2015.

 

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